Una nueva salida


El sonido del pestillo de la puerta al cerrarse resonó como un disparo de salida en el silencio de la habitación. Todo cambió en ese instante. El aire se volvió denso, cargado de una electricidad que se podía cortar. Él no esperó; dio un paso firme hacia mí, con una mirada fija, oscura y devoradora que me recorrió de arriba abajo. Me tomó el rostro con sus manos grandes y cálidas, obligándome a sostenerle la mirada un segundo antes de estampar sus labios contra los míos. Fue un beso hambriento, húmedo, una invasión de su lengua que me hizo soltar un primer gemido ahogado contra su boca. Mientras me besaba con esa urgencia, sus manos bajaron a mi ropa. Escuché el roce de la tela rompiendo el silencio mientras me iba desvistiendo, despojándome de cada prenda con una mezcla de brutalidad y precisión, hasta que me dejó completamente desnuda bajo la luz tenue.




Me recosté en la cama, con el corazón martilleándome en el pecho. El contraste de las sábanas frescas contra mi piel hirviendo me hizo estremecer. Fue entonces cuando lo vi desvestirse a él. Al liberarse de su ropa, lo primero que acaparó mi atención fue su miembro: imponente, completamente erecto, con las venas marcadas y un tamaño grande y grueso que me hizo tragar saliva de pura anticipación. Era una presencia imponente que prometía llenarme por completo.




Él se subió a la cama y se deslizó hacia abajo. Sentí su aliento caliente golpear la piel de mis muslos justo antes de que sus manos abrieran mis piernas de par en par. No hubo rodeos. Su boca se posó directamente sobre mi clítoris. El contacto de su lengua húmeda y caliente me hizo dar un brinco en el colchón. —¡Ahhh!— el grito se me escapó sin control. Empezó a lamer con pasmosa destreza, dibujando círculos rápidos y firmes sobre el botón de mi placer, mientras con sus labios succionaba y mordisqueaba suavemente mis labios vaginales, que ya destilaban puro deseo. El placer era tan agudo, tan directo, que mis piernas empezaron a temblar descontroladamente, sacudiéndose sobre la cama. Mis dedos se enterraron en las sábanas mientras él introducía un par de dedos en mi interior, completamente empapado, moviéndolos al ritmo de su lengua. Los sonidos húmedos de su boca contra mi sexo, mezclados con mis gemidos constantes y jadeos agudos (—S-sí... así, más... oh Dios...—), inundaron la habitación.




Justo cuando sentía que iba a estallar, me tomó con firmeza de las caderas y me hizo girar para cambiar de posición. Ahora era mi turno. Me arrodillé entre sus piernas, contemplando de cerca ese miembro enorme y palpitante. Lo agarré con mis dos manos, sintiendo el calor que emanaba y su textura firme. Acerqué mis labios y comencé a lamer la punta, recogiendo el líquido preseminal que ya brotaba, para luego abrir la boca de par en par y tragarme tanta longitud como me fue posible. El grosor me llenaba la boca por completo, obligándome a abrir los ojos mientras lo chupaba con avidez. Deslicé mi lengua por la parte inferior, subiendo y bajando mientras succionaba con fuerza. Escuchar sus primeros gemidos roncos (—Uff... mmm... joder... lo haces delicioso...—) me excitó aún más. Él, incapaz de contenerse ante la presión de mi boca, estiró sus manos y me tomó del cabello con fuerza, no para lastimarme, sino para guiar mi cabeza en un ritmo más rápido y profundo, enterrándose en mi garganta mientras ambos respirábamos de forma agitada.




El juego previo ya nos tenía al límite. Él me obligó a recostarme de espaldas otra vez y se colocó firmemente entre mis piernas. Elevó mis muslos hacia su pecho, exponiendo mi intimidad por completo. Sostuvo su miembro y, con un empuje lento pero implacable, comenzó a introducirlo. Sentí cómo me abría, cómo cada centímetro de su gran tamaño estiraba mis paredes internas, llenándome de una manera tan brutal que tuve que arquear la espalda, soltando un gemido largo y agudo: —¡Oohhh, Dios, estás enorme... me llenas toda!—.






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