El Encuentro Prohibido: Una Grabación Desenfrenada
Me colé del radar de mi pareja, con una meta clara: filmar un video sexual para él. Pero la noche, o más bien, el sexo, se desbordó. Fue un maldito torbellino de placer tan crudo que se notaba en cada jadeo, en cada empuje, lo jodidamente bien que me lo estaba pasando.
Él me guio hasta la habitación del hotel, un nido de lujo discreto donde la oscuridad prometía mil libertades. La charla inicial fue una puta formalidad, solo para calentar motores. Un murmullo bajo, risitas nerviosas que se transformaron en gemidos ahogados. "Relájate", me susurró, y sus manos ya estaban por todas partes, como arañas traviesas, tanteando, apretando, sintiendo cada curva de mi cuerpo, desde mis muslos hasta mis pechos, con una osadía que me ponía a arder. Sus dedos se metían por debajo de mi blusa, rozando mi piel, y un ¡Ah! se me escapó, bajo y ronco.
"Desvístete," me ordenó, con esa voz grave que me erizó hasta el último vello. El sonido del cierre de mi falda al bajar, el susurro de la tela al caer al suelo: ¡Zzzzip! ¡Fwoosh! Me quité todo, lentamente, cada prenda revelando más, cada movimiento intencional para su mirada. Él estaba ahí, de pie, con ese puto teléfono apuntándome, capturando cada milímetro de mi piel expuesta, cada curva al descubierto. Sus ojos, fijos en mí, grababan cada imperfección, cada centímetro de mi desnudez. Y sí, estuvo grabando cada puto segundo. Cada suspiro, cada caricia, cada empuje, todo, absolutamente todo, quedó registrado en mi celular.
Cuando me vio completamente desnuda, se acercó con esa lentitud que te consume, me tomó de la mano y me tendió sobre la cama. El colchón gimió suavemente bajo mi peso, ¡Mueehh!. Sus manos expertas comenzaron a deslizarse por mi piel con toques que eran más que caricias; eran masajes que desarmaban cada fibra de mi tensión. Un ¡Mmmh! de puro placer se escapó de mi garganta mientras mis músculos se aflojaban, la excitación creciendo con cada roce.
Sus dedos, luego su boca, se concentraron en mis partes íntimas, y siguió grabando. ¡Clic! ¡Vzzzz! (El sonido de la cámara). Las yemas de sus dedos jugaban con mi clítoris, rozaban mis labios, y el calor se concentró ahí abajo. Sentí el pulso, lento al principio, acelerándose. Mis jugos empezaron a fluir, una inundación tibia y pegajosa. ¡Slurp! ¡Gluuup! Mis bragas ya estaban empapadas. Cuando sintió mi humedad, me vio directamente a los ojos, una sonrisa lobuna se dibujó en su rostro.
Se postró frente a mí, y sus labios, su lengua, su puta boca, se abalanzaron sobre mi coño. Fue un asalto delicioso, salvaje. ¡Suck! ¡Sloooosh! ¡Laaam! Su lengua se movía con una maestría endemoniada, succionando, lamiendo, jugueteando. ¡Ah-ah-ah! Mi cuerpo se arqueó, mis piernas temblaron sin control. Los gemidos brotaban sin filtro, uno tras otro, más fuertes, más desesperados. ¡Oh, sí! ¡Más! ¡MÁS! Mi pelvis se levantó, buscando más presión, más de su boca. Los espasmos empezaron, un temblor que recorrió cada nervio. ¡AAAAHHHHH! ¡JODER! Me hizo alcanzar un orgasmo de infarto, un estallido que me dejó sin aliento, con los músculos en puro temblor.
Mientras yo me recuperaba, todavía jadeando, él, con una disimulada astucia, sacó su pene. ¡Sliiiip! Lo vi, grande, grueso, palpitante. Lo puso en mis manos, una ofrenda carnosa y dura. Empecé a acariciarlo, a sentir su calor, su textura, y de repente, lo tenía ahí, enorme, palpitante, una puta roca. ¡Thump-thump! El pulso del hombre. Me lo llevé a la boca, abriendo bien para tragar esa longitud y ese grosor. Mi lengua se envolvió a su alrededor. ¡Lick! ¡Suck! ¡Slurp! Lo lamí, lo succioné, lo acaricié con mi lengua una y otra vez, tratando de llevarlo al límite. Quería que se corriera en mi boca, que sintiera cada gota de su semen en mi garganta, pero el hijo de puta aguantó. Aguantó como un campeón, con una fuerza de voluntad frustrante.
Continuamos el juego, explorando cada rincón de la lujuria. ¡Thump! ¡Thump! ¡Thump! El sonido de los cuerpos chocando. Nos movemos por la cama, cambiando de posiciones, buscando el ángulo perfecto para cada estocada. De perrito, con mi culo en alto, sintiendo su empuje desde atrás, ¡Slaap! ¡Slaap! Su pelvis golpeando mis nalgas, dejando marcas. Luego de cara, mis piernas abiertas, sus ojos clavados en los míos mientras me penetraba. El ¡Oh! ¡Sí! ¡Oh, Dios! se mezclaba con el ¡Grrr! de su placer. Cada estocada era profunda, el roce de su piel contra la mía, el calor, la fricción. La cámara, siempre ahí, un testigo mudo de nuestra desenfrenada coreografía de cuerpos, placer y susurros obscenos. El sudor, los jadeos, la brutalidad del placer. Todo quedó para siempre.
pa cuando la mia?
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